![]() 1. Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto. Esa noche, recuerdo, era verano, febrero quizás, hacía mucho calor. Yo trabajaba en un bar nocturno, atendiendo la caja hasta las tres de la mañana. Pero esa noche justo me peleé, con la Lelé, ay la Lelé, una marica envidiosa que me quería sacar todos los tipos. Estábamos agarrándonos de las mechas detrás del mostrador y justo apareció el patrón: "Tres días de suspensión, por bochinchera". Qué me importaba, rapidito me volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: "Veníte que para vos también alcanza". Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por cansancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: "Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?". El negro se mordió un labio porque vio que yo había entrado en la sofocación, y a mí, en esa época, cuando me venía una rabieta era terrible –ahora no tanto, estoy, no sé, más armoniosa–. Pero en ese tiempo era lo que podía decirse una marica mala, de temer. Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): "¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita". "¿Evita?"–dije, yo no lo podía creer– . "¿Evita, vos?" –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillosa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda, pero claro, no era cosa de aparecer como una bruta que se desconcierta ante cualquier visita inesperada. "Evita, querida" –ay, pensaba yo–"¿no querés un poco de cointreau?" (porque yo sabía que a ella le encantaban las bebidas finas). "No te molestes, querida, ahora tenemos otras cosas que hacer, ¿no te parece?" "Ay, pero esperá", le dije yo, "contame de dónde se conocen, por lo menos". "De hace mucho, preciosa, de hace mucho, casi como del África" (después Jimmy me contó que se habían conocido hacía una hora, pero son matices que no hacen a la personalidad de ella. ¡Era tan hermosa!) "¿Querés que te cuente cómo fue?" Yo ansiosa, total igual tenía el encame asegurado: "Sí, sí, ay Evita, ¿no querés un cigarrillo?", pero me quedé con las ganas para siempre de enterarme de esa mentira (o me habrá mentido el negro, nunca lo supe) porque Jimmy se pudrió de tanta charla y dijo: "Bueno, basta", le agarró la cabeza –ese rodete todo deshecho que tenía– y se la puso entre las piernas. La verdad es que no sé si me acuerdo más de ella o de él, bueno, yo soy tan puta, pero de él no voy a hablar hoy, lo único que el negro ese día estaba tan gozoso que me hizo gritar como una puerca, me llenó de chupones, en fin. Después al otro día ella se quedó a desayunar y mientras Jimmy salió a comprar facturas, ella me dijo que era muy feliz, y si no quería acompañarla al Cielo, que estaba lleno de negros y rubios y muchachos así. Yo mucho no se lo creí, porque si fuera cierto, para qué iba a venir a buscarlos nada menos que a la calle Reconquista, no les parece... pero no le dije nada, para qué; le dije que no, que por el momento estaba bien, así, con Jimmy (hoy hubiera dicho "agotar la experienc ia", pero en esa época no se usaba), y que, cualquier cosa, me llamara por teléfono, porque con los marineros, viste, nunca se sabe. Con los generales tampoco, me acuerdo que dijo ella, y estaba un poco triste. Después tomamos la leche y se fue. De recuerdo me dejó un pañuelito, que guardé algunos años: estaba bordado en hilo de oro, pero después alguien, no supe nunca quién, se lo llevó (han pasado tantos, tantos). El pañuelito decía Evita y tenía dibujado un barco. ¿El recuerdo más vivo? Bueno, ella, tenía las uñas largas muy pintadas de verde –que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba. 2. Estábamos en la casa donde nos juntábamos para quemar, y el tipo que traía la droga ese día se apareció con una mujer de unos 38 años, rubia, un poco con aires de estar muy reventada, recargada de maquillaje, con rodete... Yo le veía cara conocida y supongo que los otros también, pero era un poco bobo, andaba con Jaime que se estaba picando con Instilasa y yo le tenía la goma, se lo comenté en voz baja y él me dijo algo así como: "cortála loco sabés que sí". Con los ojos en blanco, parecía hacerlo de modo impersonal. Nos sentamos todos en el piso y ella empezó a sacar joints y joints, el flaco de la droga le metía la mano por las tetas y ella se retorcía como una víbora. Después quiso que la picaran en el cuello, los dos se revolcaban por el piso y los demás mirábamos. Jaime apenas me daba un beso largo, muy suave, para eso sí que era genial, porque dos pendejos repálidos se rayaron totalmente entre lo gay y la vieja y se fueron. Pero estaban los blues en la puerta y a los cinco minutos se aparecieron todos con el subcomisario inclusive, chau loco, acá perdimos, menos mal que no había ningún menor porque Jaime había cumplido los 18 la semana pasada, pero igual loco, le habíamos pedido el rouge a Evita y estábamos casi todos pintados como puertas tipo Alice Cooper. Los azules entraron muy decididos, el comi adelante y los agentes atrás, el flaco que andaba con un bolsón lleno de pot le dijo: "Un momento, sargento" pero el cana le dio un empujón brutal, entonces ella, que era la única mujer, se acomodó el bretel de la solera y se alzó: "Pero pedazo de animal, ¿cómo vas a llevar presa a Evita?" El ofiche pálido, los dos agentes sacaron las pistolas, pero el comi les hizo un gesto que se volvieran a la puerta y se quedaran en el molde. "No, que oigan, que oigan todos –dijo la yegua– , ahora me querés meter en cana cuando hace 22 años, sí, o 23, yo misma te llevé la bicicleta a tu casa para el pibe, y vos eras un pobre conscripto de la cana, pelotudo, y si no me querés creer, si te querés hacer el que no te acordás, yo sé lo que son las pruebas". (Chau, fue un delirio increíble, le rasgó la camisa al cana a la altura del hombro y le descubrió una verruga roja gorda como una frutilla y se la empezó a chupar, el taquero se revolvía como una puta, y los otros dos que estaban en la puerta fichando primero se cagaban de risa, pero después se empezaron a llenar de pavor porque se dieron cuenta de que sí, que la mina era Evita). Yo aproveché para chuparle la pija a Jaime delante de los canas que no sabían qué hacer, ni dónde meterse: de pronto el flaco del trafic entró en el circo y se puso a gritar: "Compañeros, compañeros, quieren llevar presa a Evita" por el pasillo. La gente de las otras piezas empezó a asomarse para verla, y una vieja salió gritando: "Evita, Evita vino desde el cielo". La cosa es que los canas se las tomaron, largaron a los dos pendejos que encima se hacían muy los chetos, y ella se fue caminando muy tranquila con el flaco, diciéndole a la gente que estaba en el patio primero y después en la puerta: "Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo, Evita va a volver por este barrio y por todos los barrios para que no les hagan nada a sus descamisados". Chau loco, hasta los viejos lloraban, algunos se le querían acercar, pero ella les decía: "Ahora debo irme, debo volver al cielo" decía Evita. Nosotros nos quedamos quemando un poco más y ya nos íbamos, entonces algunas tipas nos hicieron pasar a las habitaciones para que les contáramos –las mismas que hasta hacía una hora nos habían hecho una guerra que no podía ser–. Jaime y yo les hicimos toda una historieta: ella decía que había que drogarse porque se era muy infeliz, y chau, loco, si te quedabas down era imbancable. Claro, la gente no nos entendía, pero como no estábamos haciendo laburo de base sino sólo public relations para tener un lugar no pálido donde tripear, no nos importaba. Estábamos relocos y las viejas déle coparse con el llanto, nosotros les pedimos que ese bajón de anfeta lo cortaran, sí, total, Evita iba a volver: había ido a hacer un rescate y ya venía, ella quería repartirle un lote de marihuana a cada pobre para que todos los humildes andaran superbien, y nadie se comiera una pálida más, loco, ni un bife. 3. Si te digo dónde la vi la primera vez, te mentiría. No me debe haber causado ninguna impresión especial, la flaca era una flaca entre las tantas que iban al depto de Viamonte, todas amigas de un marica joven que las tenía ahí, medio en bolas, para que a los guachos se nos parara pronto. La cosa es que todos –y todas– sabían dónde podían encontrarnos, en el snack de Independencia y Entre Ríos. Allí el putito Alex nos mandaba, cada vez que podía, viejos y viejas, que nos adornaban con un par de palos, así después a él le hacíamos gratis el favor y no le andábamos afanando el grabador o las pilchas. De ésa me acuerdo por cómo se acercó, en un Carabela negro manejado por un mariconcito rubio, que yo ya me lo había garchado una vez en el Rosemarie. Con las pibas estábamos haciendo pinta junto al puesto de flores, así que me llamó aparte y me dijo: "Tengo una mina para vos, está en el coche." La cosa era conmigo, nomás. Subí. "Me llamo Evita, ¿y vos?" "Chiche", le contesté. "Seguro que no sos un travesti, preciosura. A ver, ¿Evita qué?". "Eva Duarte", me dijo "y por favor, no seas insolente o te bajás". "¿Bajarme?, ¿bajárseme a mí?", le susurré en la oreja mientras me acariciaba el bulto. "Dejáme tocarte la conchita, a ver si es cierto". ¡Hubieras visto cómo se excitaba cuando le metí el dedo bajo la trusa! Así que fuimos al hotel de ella; el putito quiso ver mientras me duchaba y ella se tiraba en la cama. También, con el pedazo que tengo, hacen cola para mirarlo nomás. Ella era una puta ladina, la chupaba como los dioses. Con tres polvachos la dejé hecha y guardé el cuarto para el marica, que, la verdad, se lo merecía. La mina era una mujer, mujer. Tenía una voz cascada, sensual, como de locutora. Me pidió que volviera, si precisaba algo. Le contesté no, gracias. En la pieza había como un olor a muerta que no me gustó nada. Cuando se descuidó abrí un estuche y le afané un collar. Para mí que el puto Francis se dio cuenta, pero no dijo nada. Cuando me lo terminé de garchar me dijo, con la boca chorreando leche: "Todos los machos del país te envidiarían, chiquito; te acabás de coger a Eva". Ni dos días habían pasado cuando llego a casa y me encuentro a la vieja llorando en la cocina, rodeada por dos canas de civil. "Desgraciado –me gritó–. ¿Cómo pudiste robar el collar de Evita?" La joya estaba sobre la mesa. No la había podido reducir porque, según el Sosa, era demasiado valiosa para comprarla él y no me quería estafar. Los de Coordina no me preguntaron nada: me dieron una paliza brutal y me advirtieron que si contaba algo de lo del collar me reventaban. De esa esquina y del depto de los trolos los vagos nos borramos. Por eso los nombres que doy acá son todos falsos. [Evita vive puede ser considerado un auténtico cuento maldito en la historia de la literatura argentina. Blasfemia, aguda comprensión del tema y osadía se unen en este texto que el autor fechó en 1975. Antes que en castellano se conoció en inglés, como "Evita Lives", traducido por E. A. Lacey e incluido en My deep dark pain is love, (selección de textos de Winston Leyland. Gay Sunshine Press, San Francisco, 1983). Luego se publicó en Suecia como "Evita vive", en Salto mortal ng 8-9, Jarfalla, mayo de 1985; y al fin en Cerdosy Peces n911, abril de 1987, y luego en El Porteño nº 88, abril 1989. La publicación de este cuento en Buenos Aires causó una polémica pública de la cual se hizo cargo una nota editorial firmada por el Consejo de Redacción de la revista El Porteño ("Un mes movido") en el número de mayo, publicándose además una respuesta de Raúl Barreiros ("Evita botarate los dislates"), entonces Director de Radio Provincia de Buenos Aires.] ( Nota de "Prosa Plebeya") |
VER POESIA "El cadáver", RELACIONADA CON ESTE RELATO
(disponible en www.literatura.org)
(disponible en www.literatura.org)
Una pieza de oratoria en el recuerdo:
EL ÚLTIMO DISCURSO DE EVA PERÓN
| DEVENIR MARTA A lacios oropeles enyedrada la toga que flaneando las ligas, las ampula para que flote en el deambuleo la ceniza, impregnando de lanas la atmósfera cerrada y fría del boudoir. A través de los años, esa lívida mujereidad enroscándose, bizca, en laberintos de maquillaje, el velador de los aduares incendiaba al volcarse la arena, vacilar en un trazo que sutil cubriese las hendiduras del revoque y, más abajo, ligas, lilas, revuelo de la mampostería por la presión ceñida y fina que al ajustar los valles microscópicos del tul sofocase las riendas del calambre, irguiendo levemente el pezcuello que tornando mujer se echa al diván |

Su obra poética publicada comprende seis libros: Austria-Hungría (Buenos Aires, Tierra Baldía, 1980), Alambres (Buenos Aires, Último Reino, 1987; Premio "Boris Vian" de Literatura Argentina), Hule (Buenos Aires, Último Reino, 1989), Parque Lezama (Buenos Aires, Sudamericana, 1990), Aguas aéreas (Buenos Aires, Último Reino, 1990) y El cuento de las iluminaciones (Caracas, Pequeña Venecia, 1992). Colaboró asiduamente en las revistas El Porteño, Alfonsina, Último Reino yDiario de Poesía. Preparó la antología Caribe transplantino. Poesía neobarroca cubana y rioplatense (San Pablo, Iluminuras, 1991), y publicó numerosos textos en prosa, entre los que se destacan El fantasma del SIDA (Buenos Aires, Puntosur, 1988) y La prostitución masculina (Buenos Aires, La Urraca, 1993).
"Néstor Perlongher fue un escritor insaciable. Creó un estilo propio que apodó "neobarroso", en el que reunía contradictoriamente los bucles barrocos y el barro del Plata: es decir, él mismo ... la figura de Néstor Perlongher se fue agigantando de un modo tal que a esta altura aparece como una de las voces más necesarias de la última poesía argentina" (A.Schettini, La Nación)
Trotskista, anarquista, ex-militante del movimiento de liberación homosexual argentino, Néstor Perlongher murió de SIDA en San Pablo, el 26 de noviembre de 1992.
Tomado de www.literatura.org
Así escribía...Manuel Puig

The Buenos Aires Affair laya Blanca, 21 de mayo de 1969Un pálido sol de invierno alumbraba el lugar señalado. La madre se despertó un poco antes de las siete, estaba segura de que nadie la observaba. En vez de levantarse permaneció en la cama una hora más para no hacer ruido, su hija dormía en el cuarto contiguo y necesitaba horas de sueño tanto o más que alimentos. La madre se dijo lo que todas las mañanas: a la vejez debía afrontar sola graves problemas. Su nombre era Clara Evelia, pero ya nadie la llamaba Clarita, como lo habían hecho siempre sus difuntos marido y padres. Durante breves instantes sobre una de las ventanas se proyectó una sombra, tal vez los árboles del jardín se habían movido con el viento, pero Clara Evelia no prestó atención, distraída pensando que los ateos como ella no tenían el consuelo de imaginar un reencuentro con los seres queridos ya muertos, "...¿vuelve el polvo al polvo? / ¿Vuelve el alma al cielo? / ¿Todo es vil materia, / podredumbre y cieno?". Se levantó, calzó las chinelas de abrigo y miró un instante la bata de lana gruesa, raída en los bordes, antes de enfundársela: a su hija la deprimía verla con esa prenda gastada. Pidió que por lo menos hiciera buen tiempo esa mañana, o más precisamente, que no lloviera, así podrían dar una vuelta a pie por la alameda marítima. Levantó la persiana y miró a lo alto, de su memoria brotó otra estrofa, "cerraron sus ojos, / que aún tenía abiertos; / taparon su cara / con un blanco lienzo / y unos sollozando, / otros en silencio, / de la triste... de la triste... de la triste alcoba / todos se apartaron...". Cada vez que lograba recordar sin esfuerzo un trozo de su repertorio Clara Evelia se sentía algo reconfortada, tantos años había sido profesora de declamación, "...en las largas noches / del helado invierno, / cuando las maderas / crujir hace el viento / y... y... y azota los vidrios / el fuerte aguacero, / de la pobre niña / a solas me acuerdo...". El cielo estaba nublado, pero eso era común durante el invierno en Playa Blanca, la pequeña localidad balnearia del Atlántico Sur. No va a llover, pensó aliviada: durante la noche había oído a su hija quejarse en sueños y si por el mal tiempo habría de permanecer todo el día encerrada tardaría en recuperarse. ¿Pero es que había una recuperación posible para Gladys? Hacía apenas un mes la había creído curada, y ahora la veía otra vez en el fondo de esa pecera oscura en que se sumergía, una nueva y aguda crisis de postración nerviosa. Lo cual no implicaba la futura pérdida de la razón, se repetía la madre. Artes plásticas, su hija era artista, como ella misma, ambas demasiado sensibles concluyó Clara Evelia, "...de la casa en hombros / lleváronla al templo / y en una capilla /dejaron el féretro. / La luz que en un... en un..." ¿cómo continuaban esos versos? sólo recordaba que eran palabras dolorosas las que seguían. Como de muy lejos le pareció escuchar una voz, ¿de dónde provenía? Apenas lograba traspasar el cristal de la ventana y la cortina de gasa. Clara permaneció quieta un momento, pero no oyó nada más. Tampoco logró recordar el resto del poema. Irritada pasó veloz revista a sus desgracias sucesivas: la muerte de su marido, la larga estadía de su hija única en Norteamérica, la merma del poder adquisitivo de su jubilación, el llamado de los médicos de Nueva York, el regreso con Gladys enferma. Pero también había recibido ayudas inesperadas, esa casa por ejemplo, cedida por amigos pudientes sin que ella lo solicitara. Un lugar tranquilo frente al mar, varios meses de serenidad y descanso habían transformado a Gladys, pero pocas semanas de vuelta en el hervidero de los medios artísticos de Buenos Aires habían bastado para llevarla otra vez a cero. Y recomenzarían de cero si era preciso, el cielo estaba menos gris que hacía apenas un instante, el mar era de un color indefinido, aunque sí muy oscuro, "la luz que en un vaso / ardía en el suelo, / al muro arrojaba / la sombra del lecho: / y tras esa sombra / veíase a veces / dibujarse rígida / la forma del cuerpo...". Decidió que una caminata les vendría bien a las dos, bajarían a la playa abrigadas y con pañuelos en la cabeza, cuidándose de no pisar la arena húmeda, bordeando los arbustos que inmovilizan a los médanos con sus raíces fuertes, "las puertas gimieron, / y el santo recinto / quedóse desierto. / Tan medroso y triste, / tan oscuro y...", Clara trató una vez más de concentrarse y durante ese instante en que cerró los ojos podría haber entrado alguien en la habitación sin que ella lo percibiera. Sólo logró recordar que durante la noche había dormido mal, perturbada por ruidos extraños. De todos modos saldría a caminar con su hija, lo importante era hacer ejercicio y tomar aire. Deshizo el lazo de la bata para volver a atarlo, en forma de moño, y golpeó con suavidad a la puerta de Gladys. No hubo respuesta. La madre se alegró, dormir profundamente era siempre reparador, en general su hija tenía un sueño tan ligero que se despertaba ante el menor rumor ¿se estaría curando? "...tan medroso y triste, / tan oscuro y yerto / todo se encontraba... / que pensé un momento: / Dios mío, qué solos / se quedan los muertos..." ¡versos extraordinarios! los incluiría en el festival que programaba para ese invierno en Playa Blanca. Meses atrás su hija le había pedido casi de rodillas que no recitara, pero ya superada la crisis Clara se atrevería a contrariar a la convaleciente y organizaría un festival, "...¿vuelve el polvo al polvo? / ¡Vuela el alma al cielo!", el sueño profundo de Gladys era indicio de pronta recuperación y la madre sentía en la espalda dos alas fuertes listas para desplegarse, mientras algo dulce parecía pasarle por la garganta. De repente las alas se encogieron, su cuerpo conducía una descarga eléctrica, diríase y su boca sabía a los metales de que están hechos los hilos trasmisores de alta tensión: el haz de luz¿de una linterna?señalaba un detalle del piso para que no se le pasara por alto. La luz cesó, se notaban empero huellas barrosas¿de zapatos de hombre?ya secas que iban y volvían de la puerta del dormitorio de su hija a la puerta de la calle, atravesando la sala de estar. El haz de luz de una linterna parecía haber iluminado durante un instante el detalle revelador. Sin titubear Clara abrió la puerta del dormitorio, la cama, estaba en desorden y Gladys había desaparecido. Pero seguramente habría dejado un mensaje explicativo, ¿algunas pocas líneas diciendo que había salido a ver el mar? La madre buscó sobre la cómoda, sobre la mesa de luz, en los cajones, debajo de la cama, en la sala de estar, en la cocina, sin resultado. ¿Quién había entrado durante la noche? Pensó con escalfrío en un asalto: imposible, la puerta había sido cerrada por la misma Clara con pasador, Gladys era muy precavida y no habría abierto a un desconocido. Se llevó las manos a las sienes y se dejó caer en un sofá ¿por qué se asustaba asi? tantas veces en el invierno anterior Gladys se había levantado al amanecer para recoger los objetos que aparecen en la arena cuando la marea se retira. Pero en esos casos indefectiblemente la despertaba antes de salir. La madre se puso de pie, no miró hacia la derechadonde habría percibido una presencia inesperaday corrió a buscar en el baño el canasto donde Gladys siempre colocaba los desechos que recogía. Rogó no encontrarlo, pero el canasto estaba allí. Volvió a la sala repitiendo el mismo recorrido en sentido inverso, por causas fortuitas no miró esta vez a su izquierda. ¡El desayuno!, fue a la cocina en busca de alguna taza sucia, de alguna miga de pan. Pero todo estaba como la propia Clara lo había dejado la noche anterior después de lavar los platos de la cena; Gladys nunca salía para sus caminatas sin prepararse una taza de té, y siempre dejaba todo sin lavar. Abrió la puerta de calle y respiró hondo al aire salobre. Prometió firmemente a sí misma no asustarse y esperar un rato más el regreso de su hija, ¿pero qué significaban esas pisadas? ¿no eran acaso de hombre? Agotada se recostó en la cama deshecha de Gladys, pensó que todo lo que ocurría era culpa de la muchacha ¡porque jamás le hacía confidencias! ¿Qué habría dentro del corazón de su hija?, solo tenía seguridad de una cosa, de que Gladys estaba siempre triste, "...del último asilo / oscuro y estrecho, / abrió la piqueta / el nicho a un extremo. / Allí la acostaron, / tapiáronle luego, / y con un saludo / despidióse ¿el deudo?... ¿el pueblo?... ¿el duelo?". Desde el jardín, a través de las cortinas de gasa, se veía a Clara con los ojos desmesuradamente abiertos, fijos en el cielo raso; de más cerca, tras el biombo, se podían oír también sus frecuentes suspiros, a modo de queja por su mala memoria. Lejos se oyeron truenos, provenían del sur, anunciaban una posible lluvia, traída por vientos antárticos: en pocos minutos se había descompuesto el tiempo en el litoral marítimo. Clara no se atrevió a encender el velador, la gente decía que la luz atraía los rayos, y acostumbrada a la construcción compacta de Buenos Aires se sentía a merced de la electricidad atmosférica en esa casa de un solo piso rodeada de pinos poco crecidos. En la penumbra se precipitó a revisar el ropero y la cómoda donde Gladys guardaba la ropa, ¿qué se había puesto para salir? Clara descubrió que ninguna prenda de calle faltaba. De pronto su mirada se topó con el perchero de la sala, donde Gladys y ella colgaban sendos tapados de nutria y faltaba... ¡el de Clara! Fue después a las cajas de zapatos, no faltaba ningún par. La bata de fina lana yacía sobre una silla, las chinelas estaban junto a la cama ¿y el camisón?, toda búsqueda fue inútil, el camisón había desaparecido. Por lo tanto Gladys había salido de su casa descalza, el tapado de piel sobre el camisón. ¿Pero por qué el tapado de la madre, de corte ya anticuado? Clara no dudó un instante más, algo muy raro había sucedido. Vistió ropa de salir y tomó por la calle principal casi corriendo rumbo a la comisaría, con la esperanza de llegar antes de que se precipitase la lluvia, "¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos! / Allí cae la lluvia / con un son eterno; / allí la combate / el soplo del cierzo. / Del húmedo muro / tendida en un... tendida en un...". ¿Y en la comisaría qué iba a decir? Ante todo haría la salvedad de que esa desaparición podía no significar una alarma, que su hija era artista y por consiguiente imprevisible en sus reacciones. Agregaría que Gladys tenía treinta y cinco años, la verdad, ganadora de un premio de escultura, y no en la provincia sino en la ciudad de Buenos Aires. Ella y su hija habían vivido siempre en la gran ciudad, no eran mujeres de pueblo chico. Aclararía que Gladys no era muy popular en la Argentina, pero algo en el extranjero. Mientras que ella misma, como poetisa y declamadora, era mas conocida en su propio país. Añadiría que no se trataba de diferencias en calidad, en vuelo creador, sino que todo se reducía a que los artistas plásticos no tienen la barrera del idioma y los poetas desgraciadamente sí. Clara se dio vuelta, de repente había tenido la impresión de que la seguían: uno auto color crema manejado por un hombre de sombrero estaba acercándosele. Pero una vez junto a ella no se detuvo y siguió su marcha lenta hasta la esquina, perdiéndose de vista al doblar. ¿Qué más diría en la comisaría?, sería preciso explicar que Gladys no era una niñita que se perdía al soltar la mano de su mamá, no, había vivido años sola fuera del país, ¿alguna seña particular?, Gladys antes nunca se maquillaba, pero con parte del rostro tapado por un mechónno por una venda, ni por un parche de pirata, sólo la coquetería de un mechón, el ojo resultó tan hermoso al pintarlo por primera vez... Un joven llegó a decirle que ese ojo parecía un colibrí posado en su cara, ¿y qué más podía ayudar a la policía?, al oficial que la atendiese le pediría ante todo discreción, y que si su hija al rato reaparecía no la enterasen de la denuncia, y por supuesto habría que ocultarle que una seña particular había sido indicada. Era verdad, se decía Clara, con esas pestañas postizas importadas el ojo puede destacarse más y resultar de una belleza radiante, el ojo celeste con el párpado verde y las pestañas azabache como las alas y la colita erguida del colibrí. Al llegar a la esquina donde el auto color crema había doblado, Clara hizo lo mismo y divisó a una cuadra la negra camioneta policial estacionada frente a la comisaría. ¿Y si Gladys estuviese ya de vuelta en casa y todo resultara un terrible papelón? La madre se detuvo, en la acera de enfrente se erguía un cinematógrafo pequeño, clausurado por orden municipal. Hacía tiempo que no pasaba por allí. El manifiesto de clausura estaba pegado sobre las carteleras y cubría el título del último film programado. Clara sin razón valedera se acercó y leyó el dictamen policial, tal vez esperando que contuviese algún indicio del paradero de su hija, un anuncio de la providencia. El manifiesto sólo decía que se cerraba la sala por razones de higiene y seguridad públicas. También había otras proclamas gubernamentales pegadas a la fachada que instaban al orden público y recomendaban la captura de activistas allí enumerados; Clara no las leyó. Improvisamente había llegado a la conclusión de que su hija estaría ya emprendiendo el regreso a casa, porque también a ella la aterraban las tormentas. Comenzó a desandar el camino. Además si los patrulleros buscaban a Gladys y la encontraban por una carretera en camisón y tapado de piel, la considerarían demente y la someterían a tratos intolerables para la sensibilidad de la muchacha, "...cuando las maderas / crujir hace el viento / y azota los vidrios / el fuerte aguacero, / de la pobre niña / a solas me acuerdo. / Del húmedo muro / tendida en un... / tendida en un..." ¿cómo seguía? consultó su reloj pulsera, eran las nueve y media de la mañana ¡qué no hubiese dado por saber dónde estaba su hija en ese preciso momento! "...allí cae la lluvia / con un son eterno; / allí la combate / el soplo del cierzo. / Del húmedo muro / tendida en un... en un... ¡hueco! / acaso de frío / se hielan sus huesos...", logró por fin recordar, con satisfacción. "The Buenos Aires Affair" © 1973 Manuel Puig, © 1993 Espasa Calpe Argentina. PARA LEER MÁS SOBRE PUIG RECOMENDAMOS: http://www.sololiteratura.com/puig/puigobras.htm
El cineasta argentino Raúl de la Torre "adaptó" -o pretendió hacerlo- la novela PUBIS ANGELICAL, con la participación de su actriz fetiche, Graciela Borges. Sin dudas, lo mejor de ese fallido intento fue la música de Charly García |




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