viernes, 21 de enero de 2011

Días de calor...por qué no leer un texto como La vida descalzo, de Alan Pauls?

La playa no se lleva bien con la tradición intelectual, dice Pauls por ahí...




Para saber más del autor y de esta obra, acá va un reportaje ( es uno de mis autores favoritos, a qué negar lo evidente...)


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-3080-2006-07-11.html


una reseña de Revista Digital Letralia...


http://www.letralia.com/208/articulo09.htm


y otro reportaje, con links a videos..


http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1140344


Fragmentos de otras obras...



  • El pudor del pornógrafo. Sudamericana, Buenos Aires, 1984. (tomado de la página de www.sololiteratura.com)
Capítulo 1

Ursula solía esperarme en el amplio parque que se extiende frente a mi casa. Convencida de que en soledad mi trabajo ganaba en eficiencia y rapidez, había elegido el parque porque desde allí -por una razón posicional- le era posible divisar el pequeño balcón de mi casa, una blanca saliente con rejas a la que yo me asomaba a fin de apaciguar con gestos su expectativa. Entre carta y carta, yo salía al aire y permanecía allí unos minutos, fijado en la contemplación de su pequeña silueta, que ella acomodaba con decoro en uno de los descoloridos bancos del parque. Cuando ella alzaba los ojos hacia el balcón (su cabeza parda, en la que los reflejos del sol se entrelazaban, ascendía levemente como si yo la hubiese llamado con silenciosa consigna), yo intentaba hacerme entender por medio de contorsiones corporales. Ursula se incorporaba de pronto, creyendo sin duda que lo que yo le anunciaba con mi aparición en el balcón era el término de una nueva jornada de trabajo. ¡Cuánto me costaba entonces disuadirla: explicarle con ademanes que me mostraba ante ella con el solo objeto de preservar nuestro contacto!
Más tarde el trabajo aumentó; las cartas comenzaron a llegar por paquetes que un fatigado cartero abandonaba descuidadamente frente a mi puerta. Entonces Ursula modificó sensiblemente su forma de esperar. En una ocasión, aprovechando la pausa cada vez más estrecha entre una carta y otra, salí al balcón con la intención de ofrecerme a ella, a la que imaginaba ya exasperada por la espera, mirando insistentemente hacia el balcón como quien aguarda la salida de un líder religioso. Pero, para mi sorpresa, ella no estaba allí. Quedé unos instantes como enclavado en el banco en el que solía sentarse, detenido en la morosa verificación de su ausencia, hasta que mis ojos, desplazándose lentos por toda la extensión del parque, fueron a dar a una zona lateral, sombría; allí distinguieron la masa compacta de unos árboles agitados por el viento y, recortada contra ellos, una mancha viva, una silueta en la que reconocieron el cuerpo de Ursula.
   Súbitos interrogantes me asaltaron: ¿por qué allí, a qué obedecía ese inesperado cambio de posición, qué efectos desencadenaría? La respuesta de este último me sería dada de inmediato, apenas intentara descifrar aquella mancha rojiza que se debatía en la zona penumbrosa: conforme a esta arbitraria redisposición del espacio, resultaba que yo poseía de ella una visión cuya relativa claridad me facilitaba el acceso a sus detalles; pero he aquí que ella, al dirigirle yo mis enfáticos gestos con sus correspondientes significados, no parecía capaz de recogerlos, alejada mi figura -al parecer- de los límites de su campo visual. Quedábamos, por así decir, desconectados uno del otro: ¡roto el lazo óptico que nos encadenaba! Observándola desde el balcón, me parecía estar frente a uno de esos vidrios que permiten la visión de quien está detrás, impidiendo sin embargo que éste reconozca a quien lo contempla, dado que eso que el quecontempla toma por vidrio (por transparencia), sólo es para el contemplado una superficie opaca.
Desde entonces, Ursula nunca volvió a interrumpir mi trabajo. Sin duda debido al creciente número de cartas que yo recibía, y también a cierto hastío derivado de la espera, prefirió aparecer, enigmática, en aquellas ráfagas de visión, como una suerte de pieza principal camuflada en elemento accesorio. Fragmentos de contemplación: pequeños cuadros de los que el cuerpo de Ursula, enfundado en vestidos de colores extravagantes, hacía su propio escenario, el lugar de su exposición.
No describiré aquí lo que de ella pude constatar en aquellas visiones; diré, sí, que si bien ella quedaba marginada del sentido de mis "envíos" (los gestos que yo improvisaba a falta de un sistema de comunicación más conveniente), no por ello parecía molesta por la contemplación unilateral a la que ella misma, cambiando su postura en relación al balcón, se había entregado, sino todo lo contrario: de esta visión sólo mía, que le era del todo imposible corresponder, Ursula supo sin duda explotar las peculiaridades.


Wasabi. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. Buenos Aires, 1994.
Fragmento del Capítulo I

Según la médica, la homeopatía no tiene nada para borrar el quiste; a lo sumo una pomada para impedir que crezca. De todos modos, dice, no tengo por qué preocuparme: es sólo una acumulación insignificante de grasa, sin raíz. Le pregunto qué dicen los ojos. "Lo normal", contesta ella: "¿quiere que le prescriba la pomada?" Todavía me dura en el mentón la impresión de frío que me dejó el soporte negro en el que lo mantuve apoyado mientras ella me examinaba el iris de los ojos. Primero el derecho, luego el izquierdo -con un corto intervalo en el medio para que descansara. "¿Le parece necesario?", digo. (El quiste no había crecido; su textura, en cambio, había empezado a sufrir alteraciones. Antes era suave, una simple lomita sobre la piel de la base de la nuca; ahora, desde hacía unos días, se había vuelto un poco áspero: la piel parecía haber adquirido una rugosidad de escama.) "Como usted quiera", dice la médica. Por un momento nos quedamos en silencio, como si ninguno de los dos supiera a quién le toca el turno de hablar. "Quiero que desaparezca", insisto. "Entonces tendrá que pasar por cirugía", dice ella poniendo boca abajo el recetario. "¿Operarme? ¿Acá, en Saint-Nazaire? No vine para eso." "¿Cuánto hace que vive con ese bulto en la espalda?" "No sé", digo. Trato de hacer memoria. "Dos años, me parece." "¿Cuánto tiempo va a pasar aquí?", me pregunta. "Dos meses." "Si vivió dos años con eso podrá vivir dos años y dos meses. Opérese en Buenos Aires." "No entiendo", le digo: "¿usted es homeópata y me aconseja cirugía? ¿Por un vulgar quiste sebáceo?" "Usted sabe, la homeopatía no hace milagros. Y ya que la pomada no lo convence..." "No me convence porque no me preocupa el tamaño del quiste sino su cambio de textura. ¿La pomada actúa sobre la textura del quiste?" "Textura, textura... Seguramente el roce con la ropa produjo eso que usted llama textura. Yo, en su lugar, no le prestaría demasiada atención", dice la médica, y dando por terminada la controversia pregunta: "¿Usted lo ve, a Bouthemy?" "Prácticamente todos los días", le digo. "¿Cómo está?" "No sé, como siempre, supongo: se le cae el pelo. Se atiende con usted, ¿no?" "Bueno, atenderse... Me viene a ver cada tanto". "¿Usted le dio algo para la caída del pelo?" La médica sonríe y resopla al mismo tiempo. "Bouthemy no cree en la homeopatía", dice: "cree en la caída del pelo." Me tomo un tiempo para pensar, pero lo único que pienso es que en cualquier momento se levantará y me acompañará hasta la puerta y me despedirá. "Está bien", digo: "déme esa pomada." La médica vuelve el recetario boca arriba y empieza a escribir sobre las hojas dobles, divididas en el medio por una línea vertical de agujeritos. En la página de la izquierda escribe el nombre de la pomada; en la de la derecha, las instrucciones para aplicármela. "Una vez por hora los primeros cinco días", dice. Pero su mano izquierda ya está escribiendo: una vez cada dos horas la semana siguiente. Cuatro veces por día la tercera semana, una al despertar, otra antes de almorzar, otra a media tarde, la última antes de acostarse. Y dos veces por día la cuarta semana, una al despertar y otra antes de acostarse. Me alcanza la receta; su bastardilla de zurda parece una alfombra de pasto barrida por el viento. Y cuando me pongo a leer las primeras instrucciones ella termina de recitarme las últimas.

Recién horas más tarde pude hacer una reconstrucción más o menos fiel de la cara de la médica. La hice apremiado por la curiosidad de Tellas, para consolarla del escándalo de no haberme acompañado. Primero habíamos ido a comprar la pomada a la farmacia del puerto. Era la misma en la que nos habíamos presentado al poco tiempo de llegar a Saint-Nazaire, con el enérgico pero infructuoso propósito de descubrir las drogas legales del lugar. Tellas balbuceaba nuestras pretensiones en castellano, yo las traducía al francés, y los ojos de la farmacéutica, una mujer madura cuyas larguísimas uñas nunca dejaron de repiquetear sobre el mostrador de vidrio, viajaban de la intriga a la sospecha con una única y rápida escala en el desconcierto. Abrumada por la prudencia ávida de nuestras consultas, apenas había atinado a desplegar sobre el mostrador un repertorio perfectamente inocuo de aspirinas, de energizantes a base de hierbas, de suplementos nutritivos. Como proselitista de la naturaleza era irreprochable. Nuestra sed, por desgracia, era puramente química. Esta vez, el nombre inofensivo de la pomada, y sobre todo nuestra falta de rodeos al pedirla (Tellas permaneció callada, absorta en una vistosa línea de calzado ortopédico), disiparon la mueca de horror que le había desdibujado la cara cuando nos vio entrar. De la farmacia fuimos al departamento, donde Tellas llevó a cabo la primera aplicación mientras me exigía un pormenorizado informe de la consulta. Recién entonces, con el quiste untado de pomada, el identikit de la médica se dibujó en mi memoria. Tenía los ojos de dos colores distintos, lo que daba a su mirada un aire ligeramente estrábico; una sombra tenue de vello corría paralela a su labio superior, y un pequeño lunar liso colgaba como un aro flotante bajo el lóbulo de su oreja izquierda.
¿Cómo había llegado hasta ella? Recomendación de Bouthemy. Eso explicaba sin duda la presencia de la biblioteca en su consultorio, una elegante vitrina en la que la homeópata exponía su colección de libros y de pacientes internacionales. Aparentemente, todos los huéspedes de la Maison que se habían enfermado durante su estadía habían pasado por sus manos. Daneses, italianos, uruguayos... Incluso mi contemporáneo, el dramaturgo chino, que residía en la filial vecina de Saint-Herblain, le había pagado 650 francos por la bronquitis aguda que lo mantuvo postrado en cama durante cuatro días. En su caso, la curación había sido instantánea (un verdadero récord para la casuística de Hahnemann), tan instantánea como las consecuencias espantosas que acarreó. A los dos días de emprendido el tratamiento, el enfermo ya estaba otra vez en pie, los pulmones milagrosamente rejuvenecidos, vociferando su vía crucis de chino disidente por los micrófonos de los salones municipales, sembrando de fatuidad y de soberbia los almuerzos, las cenas, las visitas guiadas. Se jactaba, en efecto, de haber inaugurado prácticamente todo el siglo veinte (Brecht, el teatro de la imagen, Beckett...), e incluso todo fenómeno estético que cualquier interlocutor imprudente se atreviera a mencionar antes que él (Diderot, las alegorías medievales, la comedia musical, el sainete...), y proclamaba esa jactancia con una fórmula ritual que encabezaba todas y cada una de sus intervenciones, tanto las académicas como las que se le presentaban en sobremesas intrascendentes. La fórmula era: "¡Yo fui el primero en China que...!", y la sucedía una avalancha de hazañas diversas e intercambiables. Pero bastaba que algún comensal desprevenido, abriéndose paso por entre el torbellino de sus gestos (movía los brazos como aspas: era un diminuto molino vestido de negro), se aventurara a saber más sobre cada una de esas proezas, para que el maníaco inaugural ofreciera a modo de explicación los detalles oportunos que las refutaban. (Así, por ejemplo, para él, pionero chino de Brecht, del teatro de la imagen y de Beckett, el teatro era ante todo identificación pura, texto puro y movimiento escénico puro.)
La mayoría de las dolencias que aquejaban a los visitantes tenían signos visibles. De un día para el otro, traicionados por el clima irracional de la región, que sólo cumplía sus promesas de lluvia o de sol, de heladas o de bochorno, cuando nadie las había descifrado a tiempo para precaverse de sus efectos, los visitantes eran emboscados por resfríos, toses, fiebres fulminantes. Las rutinas públicas y culturales se interrumpían, los libros dejaban de escribirse, el turismo se suspendía. Siendo el principal damnificado de estas epidemias, que ponían en serio peligro su vida social, Bouthemy veía crecer el cáncer del tedio y arrastraba a sus huéspedes al consultorio de la homeópata. Mi quiste, por suerte, le había pasado inadvertido. Eso me permitió tener una consulta a solas, lejos del amparo de su benevolencia, y evitó que mi mal se difundiera en la mundanidad intermitente que me rodeaba. Había logrado arrancarle a Bouthemy el nombre de la médica y su dirección, pero me había tomado el trabajo, previendo su ansiedad, de restarles importancia, intercalándolos distraídamente en una lista de datos triviales: las fechas de sus viajes, las de mis compromisos en la ciudad, el teléfono de la estación de trenes, los prefijos necesarios para llamar a París, a otros países europeos, a Estados Unidos y a la Argentina, los horarios de los negocios. Tal vez nunca habría vuelto a buscarlos en mi anotador si Tellas, la tarde en que le pedí que me cortara el pelo, no hubiera rozado con las yemas de sus dedos libres ese suave promontorio en la base derecha de la nuca.

1 comentario:

  1. Quiero decir que cuando viajé a Alemania el año pasado me llevé "El Pudor del Pronógrafo" para leer en el viaje y me super entretuvo. Aunque estaba en uno de los hoteles cinco estrellas en berlin, hay cosas como la lectura que son impagables y complementé muy bien con el libro y las actividades del hotel!
    Saludos
    MIca

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